Intentó tranquilizarse, pero casi no podía ni mirar hacia el frente, mirar sus pies y el mar le hacía sentir algo aliviado, no le quedaba otra que ir paseando hasta la gran ciudad paseando, lentamente.
Cuando llegó a la ciudad y acabó de pisar arena se expolsó los pies, se puso su calzado y siguió camino a su casa.
Se llevó una grata sorpresa cuando nada más abrir la puerta del jardín, vino corriendo su mascota, se le tiró encima y empezó a babearle solo como el animal sabía y moviendo su colita. En ese momento fue cuando se dio cuenta de que al menos alguien si que le quería.

No hay comentarios:
Publicar un comentario