miércoles, 2 de mayo de 2012

Sentirse solo no es lo mismo que estarlo.

Caminaba lentamente junto a la orilla de la playa, con las manos en los bolsillos, sintiendo la arena en los pies y como se le mojaban los dedos con la arena húmeda, sentía un fuerte dolor en el corazón, que ni con el deslizamiento de las lágrimas por su rostro desvanecía.
Intentó tranquilizarse, pero casi no podía ni mirar hacia el frente, mirar sus pies y el mar le hacía sentir algo aliviado, no le quedaba otra que ir paseando hasta la gran ciudad paseando, lentamente.
Cuando llegó a la ciudad y acabó de pisar arena se expolsó los pies, se puso su calzado y siguió camino a su casa.

Se llevó una grata sorpresa cuando nada más abrir la puerta del jardín, vino corriendo su mascota, se le tiró encima y empezó a babearle solo como el animal sabía y moviendo su colita. En ese momento fue cuando se dio cuenta  de que al menos alguien si que le quería.



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